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Sep

El recetario perfecto

Antetítulo: Las 1.080 de Simona Ortega

Titulo: El recetario perfecto

Autora. Carmen Abad. Investigadora culinaria

Pocas plumas en la actualidad están tan dotadas para la ironía como la de Julian Barnes (quien haya leido El loro de Flaubert puede aseverarlo). Entre las pasiones del escritor británico se encuentra la gastronomía y gracias a ello contamos con El perfeccionista en la cocina, un delicioso divertimento en el que el autor confiesa sus gozos y fracasos entre pucheros. Como buen aficionado a la materia, Barnes posee una biblioteca bien abastecida de recetarios y, como buen intelectual, se ha tomado la molestia de reflexionar acerca de lo que hoy es un género editorial en expansión, o una pandemia, según se mire. Entre los consejos que Barnes ofrece al cocinero amateur figuran las siguientes advertencias: “Nunca compres libros con un diseño artificioso” y, lo que es más importante, “Nunca compres un libro por sus ilustraciones. Jamás señales una foto en un recetario y digas:voy a hacer esto. No puedes. Una vez conocí a un fotógrafo especializado en comida y, créeme, el trabajo de postproducción que hace poco nos mostró a una Kate Winslet con cuerpo de sílfide no es nada comparado con lo que hacen con la presentación de un plato”.

Recordé estas juiciosas recomendaciones mientras ojeaba la última edición de 1080 recetas de cocina, la obra más representativa de Simone Ortega. Como muchas generaciones de españoles hice mis primeros pinitos culinarios con la sufrida edición de bolsillo que, a simple vista, parecía más bien destinada a la bolsa marsupial de los antiguos mandilones. A pesar de este reparo inicial uno comprobaba enseguida que el libro era el recetario perfecto, claro, conciso, ordenado, y muy manejable. Las recetas salían siempre, y salían bien. Recurrir a 1080 era garantía de éxito de manera que, cuando las cubiertas habían pasado ya por varias envolturas o el encolado de las páginas no era sino un lejano recuerdo, el usuario agradecido aspiraba al segundo nivel, la edición de tapa dura y entelada. Tenía ésta un cierto aire de misal, y estaba tocada del halo litúrgico que siempre aprecian los oficiantes vocacionales de la cocina. Mas, como ocurre con todos los clásicos, la edición de lujo –es decir, el mamotreto ilustrado- era algo que tenía que llegar inevitablemente. Y he aquí que nos hallamos ante lo que, en la distancia, parece un trasunto de la Larousse Gastronomique contada a los niños. Por fortuna, un contacto más estrecho con el volumen despeja estos recelos, lo que no deja de tener su mérito después de haber pagado más cara la edición original que la traducción inglesa.

Una vez superado el agravio comparativo de los precios, llega la prueba. Para colocar a la vista las recetas –a decir verdad bien maquetadas- se precisa ahora la concurrencia de un atril, lo que mantiene todavía ese encanto de lo ceremonial. Los dibujos de Mariscal ganan en las páginas interiores y compensan el poco afortunado diseño de la cubierta. Hasta aquí todo se desenvuelve en los límites de lo que cabía esperar. El verdadero golpe de efecto espera agazapado entre los textos y es obra de Jason Lowe, un fotógrafo con probada experiencia en la ilustración de recetarios. El repertorio de fotografías -que se presentan como los insertos en los protocolos notariales- descoloca al lector habituado al estilo actual de la fotografía culinaria, el cultivado hasta el momento por el propio Lowe. El contraste es evidente. Sorprende la  uniformidad de las imágenes, todas obtenidas en toma cenital, a la misma distancia, en recipientes ordinarios y sobre idéntico soporte, un tablero de aspecto rústico. Es esta una cocina que se nos muestra como recién levantada y sin maquillar. Las intenciones de una apuesta tan austera como anacrónica se pueden adivinar: se trata de transmitir la autenticidad, la literalidad (what you see is what you get) y la accesibilidad asociadas a la cocina casera, aun cuando la obra de Simone Ortega traspasa muchas veces el marco de esta categoría. Todo en las imágenes parece decir “tú puedes hacerlo”, conjurando así las trampas que denuncia Barnes y en las que todos hemos caído alguna vez. El único problema es que, en esta ocasión, uno no está tan seguro de querer presentar ante sus invitados algo como “eso” que aparece en la foto. El diseño de la nueva edición es sin duda original, rompedor y valiente, quizá en exceso. Acostumbrados como estamos a  brillos, colores subidos, primerísimos planos y enfoques imposibles, se agradece esta brisa de aire fresco. Sin embargo, no hubiera estado de más recordar que en el imaginario culinario del españolito común la toma cenital, la composición centralizada y el plano medio tienen tres referentes fotográficos no precisamente halagüeños: la paella de franquicia, las raciones de chiringuito y, en el mejor de los casos, aquellas fichas de recetas que circulaban en los setenta. Pero no se preocupen, como los grandes, 1080 no precisa de afeites para desplegar sus bondades.

Categoría: La opinión de los expertos

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