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PRÁCTICAS DEL “CASI NADA”, por Luz Marina Vélez Jiménez

Luz Marina Vélez Jiménez

lm.velez2@gmail.com

Agosto 01 de 2010

A pesar de que la comida remite a las concepciones, preparaciones y consumos particulares de una cultura —despacha y metamorfosea necesidades líquidas y sólidas; dibuja dimensiones sintomáticas, estéticas y metafísicas; agita obsesiones y corrientes; materializa el placer; y muestra aquello de lo que es capaz una época—, es efímera.

Como obra y memoria, la comida sitúa al cocinero como el artista que hace y rehace lo que incesantemente desaparece, con un arte infinitesimal que dura lo que dura el recorrido de una galería, la limpieza de un fregadero, la descomposición de las sobras, la digestión y el recuerdo de un comensal. Es un artista que recrea las proporciones y los sentidos de una época con su arte evanescente ―productor de emociones sometidas tiránicamente a la desaparición―; esculpe platos con la gramática que le da su tiempo; sintetiza lo universal en forma de singularidad, expresándolo como una quintaesencia que va más allá de la corriente en la que se inscribe. Éste, en la inmanencia de su cocina, condimenta, conserva y “emplata” la memoria primitiva del comer; la metafísica del cuerpo traducida como estética de los sentidos, y la reflexión sobre la sensación fugaz del yantar.

En esta apariencia de las cosas, la obra del cocinero se convierte en ocasión de aquello que los japoneses llaman el satori, un acontecimiento zen que hace vacilar el pensamiento e involucra al ser hasta en sus más mínimas partículas.

La modernidad como escenario de banalización de la existencia, de fundamentalismo y de metafísica, celebra la “ozonización”, la “electrolización” y la “centrifugación”, entre otras técnicas, que transforman la materia alimenticia haciéndola referente “líquido”, “espumoso”, “evaporable”; advenimiento incierto. Una época reductora que condensa y poetiza las prácticas del “todo” en prácticas del casi “nada”; un tiempo “atemporal” ―acelerado y vertiginoso― donde la comida como acontecimiento se convierte en un arte, y el cocinero como artista en un traductor de la inconsistencia, la liquidez y la soledad. En el desconocimiento de la índole dialéctica de las cosas, ésta época augura el fin de la historia (la de la solidez y la continuidad ascendente) aventurándose a elogiar y a vivir la fugacidad como un valor, contradiciendo la, hasta ahora deseada, perdurabilidad de la tradición.

Categoría: Colombia

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