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Ene

EVANGELINA. ENTRE EL OLVIDO Y LA MEMORIA

 

 

Luz Marina Vélez Jiménez

lm.velez2@gmail.com

“Mis pensamientos han perdido en el fuego las túnicas que me permitían reconocerlos; fueron consumidos en el incendio del que yo fui origen y alimento. Y sin embargo ya no estoy. Soy el centro, el pivote de las llamas”.

Jean de Boschére

Mi bisabuela Evangelina (medio Eva, medio ángel) marcó mi imaginario de la locura.  Ella se paraba frente a su hoguera —hecha fogón de leña— a observar cómo en el nicho de aluminio de una pequeña olla amorfa hervía el agua, produciendo burbujas, ondas y nubes de vapor.  Por un marco sin puerta  —o mejor dicho, por una idea de puerta— inclinada en una pared de tapia, miraba yo a mis tímidos cinco años a la bisabuela “loca” convertir ramitos de albahaca en baños y en bebidas.  Hojas de albahaca que, supe unos años más tarde, “secuestraban” los olores post menstruación y convocaban la feminidad.

Entre el ocultamiento y la adivinanza, cual Evangelina de illo tempore —ya no con una hoja de parra sino con una de albahaca en el pubis—, abrí la puerta de mi cocina y en la contemplación de la pantalla de una olla de vidrio con agua hirviendo descubrí en mí la locura de la bisabuela: la fascinación por el fuego, deslumbramiento desde donde el placer de contemplar dejó de ser la satisfacción de una necesidad para convertirse en una experiencia que me revelaba lo que soy: una aprendiz de Paracelso que,  a través del entendimiento de que la magia es la gran sabiduría escondida y la ciencia la gran locura manifiesta, descubre la gastrosofía como la proyección de los deseos y de los sueños del hombre arcaico y utópico, como el sentido primario de la vida (el que entre la imaginación y la realidad, el olvido y la memoria, mantiene perenne la pareja deseo-placer como un tejido de jeroglíficos distintos que dicen lo mismo), como lumbre y ceniza que en la comprensión del eterno retorno me permiten creer que la gastrosofía, al igual que la rosa de Paracelso, es eterna.

Las dos, magia y ciencia, advierten la consagración de la vida como una afición universal; ambas me arrojan hacia sí en admiración y en la experiencia de vivirme en mi bisabuela y de vivirla a ella en mí; afirman, a través de un vuelo anímico-intelectual hacia el pasado, mi existir.

Como resultado, diferencio la paja del trigo, el pan nuestro de cada día de los excrementos; me sorprendo de lo fácil que es olvidar verdades tan antiguas y, paradójicamente, frente al fuego y los alimentos me siento salvaje, bárbara y civilizada al mismo tiempo.  En los ecos de la locura y de la sabiduría de la lengua materna de Evangelina me llega el  asombro del “paraíso”.

 

Categoría: Colombia

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