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31
Ago

LA TIENDA DE ULTRAMARINOS DE MI TIO PASCUAL


EL BACALAO

Hacia mediados de los setenta. El camión algo destartalado paraba enfrente de la tienda de ultramarinos de mi tío Pascual. El repartidor, curtido, de andares desproporcionados, con una visera y medio cigarrillo en su boca abría la portezuela trasera de la caja del camión y sacaba un paquete grande y pesado que cargaba en su hombro. Con poco cuidado lo dejaba caer sobre el suelo de la tienda, con displicencia, como si no tuviese ningún valor. El golpe seco sobre el piso hacía que el ambiente se llenara de un intenso olor a sal marina, a pescado secado al aire en alguna fría y lejana sierra.

Nos apresurábamos a desatar las cuerdas de esparto para liberar las grandes, enormes bacaladas como nunca más las he vuelto a ver. Pescados en las lejanas tierras de Feroe, en Islandia, tenían unos lomos de hasta casi diez centímetros de grosor y que rápidamente poníamos en el escaparate para reclamo de las compradoras, de las amas de casa que esperaban la temporada para hacer con aquel bacalao, tierno, sabrosísimo y delicado las delicias de los mejores paladares.

Disfrutábamos regateando con ellas cuando solo querían las partes más gruesas y había que decirles que todo había que venderlo. Y también protestaban porque el papel en el que se pesaba en la báscula era de estraza y decían que les cobrábamos el envoltorio a precio de bacalao.

Nos gustaba tanto que las partes más finas, las más saladas nos las comíamos crudas, en tiras bien alargadas. Entre clienta y clienta  nos fumábamos un “celtas corto” imaginándonos donde estaba aquella parte del mundo que se llamaba Islas Feroe.

Categoría: La opinión de Juan Barbacil

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