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Mar

Lo femenino: Erotismo para degustar

Luz Marina Vélez Jiménez.

lm.velez2@gmail.com

“(…) Tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas, tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en donde el tiempo no transcurre (…)”. Octavio Paz.

Las palabras “erotismo”, “afrodisíaco”, “comida” y “mesa” sugieren, excitan, tienen un efecto embrujador que une necesidad, amor, sensualidad, magia y milagro.  El vínculo entre comida y goce sensual es lo primero que aprendemos al nacer; como dice Isabel Allende, “la sensación del bebé prendido del pezón (…) es puramente erótica.  Desde la lactancia hasta la muerte, comida y sexo tienen la misma garra.”  Apetito y sexo son los grandes  motores de la historia, preservan y propagan la especie.

El Kama Sutra (“Placer Sensual”), el Ananga Ranga (“Barco en el mar del amor”), el Fang-nei (“Dentro de la cama”), el  Fan-shi (“Asunto de la cama”), y el Cantar de los cantares (la boda mística), entre otras visiones del cuerpo humano —en expresión erótica-espiritual—, contemplan a un Eros imaginario y cíclico presente en la pareja mesa-cama, desplegado en las caricias y en los besos, en los mordiscos, en los mensajes cifrados del sudor y de las emanaciones íntimas, en la risa y el amor.  En esa pareja, se encuentra el “principio vital” como metáfora encarnada, consumación poética, medicinal y culinaria, exaltando el cuerpo de la mujer y sus jugos alquímicos: el de la boca, el de sus pechos y el de la gruta del monte de venus. Un lenguaje tántrico que, como diría Octavio Paz, sólo la muerte acalla.

Ishtar, Lilith, Eva, Isis, Afrodita, y María Magdalena, entre otras imágenes del amor erótico femenino, aparecen asociadas con la leche, el pan bañado en miel, el agua marina, las manzanas, los pastelillos con forma de luna creciente, los dátiles, las naranjas, y el vino.  Diosas-humanas que, entre sedas, abalorios, perfumes, y flores aromáticas, han sido adoradas y sacrificadas en altares, en lechos nupciales y en mesas de cocina.

En la mesa y en la cama —umbrales del placer, del samsara y del nirvana— buscamos el paraíso o, al menos, la fórmula secreta del “fruto prohibido” que nos haga retornar a aquél y saciar nuestra sed de eternidad —como Salomón, que vio en su princesa un cuerpo “de palmera”, con pechos como racimos de uvas, vientre de trigo rodeado de rosas, ombligo como copa para servir el buen vino, y un aliento de perfume de manzanas.  Ella, por su parte, vertió a sus pies la ola oxigenada de sus cabellos—.

Hoy, la mujer sigue siendo objeto de metáforas, un “plato” que, a cambio de disponer sobre un lecho de crema chantillí sus senos de durazno y sus pezones de frambuesa, y de dejarse “paladear” como postre, exige a cambio admiración suprema y exaltación cósmica.

Categoría: La opinión de los expertos

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