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Mar

Los hombres en la cocina

Luz Marina Vélez Jiménez

Antropóloga

lm.velez2@gmail.com

“Cada grano de sal contiene en sí el arquetipo de su cristal”. Marcuse.

En este mundo heterogéneo, compuesto de seres dobles, ambivalentes entre el deseo y el yo social, resulta curioso ver en una sociedad de matronas “amas y señoras de casa”, como especial antinomia, hombres que en expansión de su masculinidad subliman en la cocina el espacio (arquitectura), el cuerpo (medicina), la personalidad (psicología) el erotismo y la locura.  Hombres que van de Narciso al monstruo del Dr. Frankenstein; de Robinson Crusoe a Don Juan; de Don Quijote al pícaro Tartufo; de la bestia del cuento infantil al dandi; de Peter Pan al samurái; del homo sapiens al superhombre.

Históricamente, en la estructura social occidental, el cocinero ha mantenido el privilegio y la hegemonía de su oficio en las cocinas públicas, en los monasterios, los castillos y los hoteles; ha cocinado, emplatado y servido a VIPs (very important persons), papas, reyes, nobles y gobernantes, entre otros comensales de las élites de época.  Éste ha existido como tal, únicamente, cuando los comensales le han conferido dicho estatuto.  Nuestro machista “tercer mundo” —desdoblado entre la pasión por el ocio y la obsesión por el trabajo; entre el culto a la ciencia y la ignorancia de la imaginación; entre el bluejean informal y la corbata oficial— delata con estereotipos culturales prejuiciosos (“platónicos”, “andróginos”, “hermafroditas”, “homosexuales”) a  hombres que, en revelación iniciática, ofrendan su energía viril y “aderezan” encantadora y domésticamente su “feminidad de macho cabrío” en la cocina.  El cocinero moderno es un sujeto que se descubre, en el fondo, hedonista; un héroe cuya individualidad se hace espectáculo, protagonizando la vanguardia y el esnobismo de los mass media; portando, cual segunda piel y a manera de capa de superhéroe, un impecable delantal.  Indiferente a la sentencia de “los hombres en la cocina huelen a rila de gallina”, su vida se ha convertido en una auténtica y provocadora puesta en escena que exalta el deseo de ser mirado.

¿Qué es un cocinero en nuestros días sino un personaje en búsqueda del paraíso perdido por la boca? ¿Un “héroe” entendido, desafiante, reivindicador de la ciencia en la cocina? ¿Un curioso explorador, devorador subversivo y desacralizador de mitos? ¿Un “ciberjugador” que se aventura al mundo virtual de la “bodita” y la “mamacita”? ¿Un remedio contra la histeria femenina?

Con la máscara de cocinero, el hombre multiplica su especularidad, hace gala de su poder, sorprende a la “bella” con su embeleso, busca el happy end en el servicio de sus comensales, y en el deleite de su obra, se descubre otro, renace.  Ser cocinero en épocas de hambre es ser un héroe, y heroísmo es metáfora de felicidad.  Aquel es un hombre necesario y, necesariamente, protagonista de su tiempo.

Categoría: La opinión de los expertos

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