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SÓLO PARA TUS OJOS

Luz Marina Vélez Jiménez

lm.velez2@gmail.com

Julio 01 del 2012

“Tus ojos son (…)
cesta de frutos de fuego, mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá”.

Octavio Paz.

El mundo está lleno de estímulos; de nuestra trama neuronal depende nuestra percepción mental y, de ésta, nuestras experiencias y aprendizajes: el misterio de lo sensible está en nuestro cerebro.

Para atenderse, simularse y cuestionarse, cada sociedad ha idealizado y moralizado el cuerpo como un conjunto instrumental “de órganos y sentidos”.  Históricamente, los seres humanos han concedido al sentido de la vista la potestad para auscultar, revelar y diseñar imágenes —armonía y caos, uno y “muchos”, cerca y lejos, espacio y tiempo, espejo y reflejo— desde la cual se ha hecho imperativa la sentencia de “ver para creer”.

Con nuestro sistema de visión enfocamos la atención, percibimos el cambio, incubamos la memoria y testimoniamos lo tangible; podemos discernir instancias, distancias, volúmenes y colores.  Cuando “vemos” lo que “miramos”, el foco de atención se ilumina y, por medio de la luz en el ojo, advertimos en gamas de brillos y sombras lo móvil y lo estático.  Los seres humanos exigimos movimiento para ver y, a falta de éste en el mundo exterior, lo creamos con nuestros ojos.  Gracias a que ellos se mueven —microsacadas—, podemos ver lo estático, dejar de percibir cosas que pasan frente a nosotros y olvidar lo que vemos.  Según los neurólogos sufrimos, por un lado, de “ceguera al cambio” y, por otro, de “adaptación neuronal”; y en esta doble condición, somos, como dijo Carl Sagan “los ojos que la naturaleza se hizo a sí misma, para poderse ver.”

La sumatoria bio-cultural de estructura ocular y mundo perceptible ha permitido, por ejemplo, a los primeros babilonios nombrar a la cerveza ―por su imagen turbia y espesa― como el “pan bebible”;  a los egipcios intuirle por su color, el aroma; a los griegos identificarle por su nitidez, el carácter; a los alemanes reconocerle por su matiz ―oscuro, claro, ámbar o cobrizo― la calidad; y, a todos, diferenciarle por el burbujeo de su espuma, el nivel de fermentación.

Con su ver, los ojos excitan al paladar, hacen salivar las papilas gustativas y, frente a una bebida histórica fabricada con malta, azúcar, lúpulo, agua y levadura           (ligada a la sociabilidad, al ocio y a la cultura popular), disfrutar de la oportunidad de libar (según la preferencia) una ale, una pale ale, una bitter ale, una pilsener o una lager; y mirando a los ojos a un amigo, entender que en nuestra sociedad la convicción de bienestar “entra por los ojos”, que lo que vemos no es real aunque parezca y que con una cerveza podemos ofrecer el mejor deseo: “¡A tu salud!” (El “brindis”, de la expresión alemana ich bring dich: “yo te lo ofrezco”.)

Categoría: Colombia

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