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Jul

TIERRA

Luz Marina Vélez Jiménez.

lm.velez2@gmail.com

“Nití, la tierra, es de varias clases:

nitishao, pedregosa, para cultivar yuca;

nitipí, negra, para la caña y los frutales;

nitijut, amarilla, para construir casas.”

Grupo indígena Puinave.

La tierra, como suelo ―hierro, silicio, magnesio, azufre, níquel, calcio y aluminio, entre otros componentes―, es superficie y propiedad para los asentamientos humanos, medio fundamental de su producción: reserva para el cultivo itinerante, área de recolección, coto de caza y fogón; como simbolismo del cosmos, representa el origen, el principio de la vida, la madre naturaleza que “alumbra” los frutos; y como recurso no renovable, es objeto de adoración, rogativa y sacrificio ritual.

Algunas ceremonias ofrecidas milenariamente a la tierra como “fuente”, “vientre” y “nodriza” de los alimentos tienen que ver con la fertilidad, la abundancia y la sostenibilidad; otras, con el reconocimiento, el agradecimiento y la celebración de la relación de coexistencia de cada comunidad con aquella como su “cuna”.

Existen evidencias arqueológicas y mitológicas del uso de la tierra como horno y como olla para cocer los alimentos: comunidades como las del Pacífico Sur, que han construido hornos de tierra especiales para cocinar carne humana; las de África, que entierran trozos de carne de camello, recubiertos con mantas y arena, después de haber extinguido una hoguera monumental; las del Perú, que preparan, dentro de un fogón de piedra enterrado y cubierto por hojas, la pachamanca (“comida de la tierra”); y las de Argentina, que sacrifican y entierran reses sobre las que encienden grandes fogatas.

Las familias wolas, de nueva Guinea, tienen un horno de tierra, en forma de plato sopero, en cada huerto casero. Cada grupo dispone hojas comestibles de plátano, helecho o col alrededor de las paredes del horno y según su preferencia; cubren la base con piedras ―por lo general, de canto rodado―, estando seguros de que no contaminan con sus componentes los alimentos que cocinarán; arman en la superficie una pira de cuatro o cinco capas de ramas y leños cuñados con piedras; encienden la estructura; elevan la temperatura y, mientras se consume la hoguera, preparan los ingredientes que llevarán al horno; introducen batatas, trozos de cerdo, marsupiales, aves, setas, judías, maíz, nueces de palma, calabacín, pepinos, coles, cebollas y plátanos, en orden de abajo hacia arriba, envueltos y cuñados por hojas comestibles y piedras calientes. La cocción es lenta y, mientras se produce, asan entre las cenizas trocitos de carne, verduras y hojas tiernas, ensartadas en palillos de bambú.

La inspiración de los cultos en la terra mater se resume en “La canción de Amerguin”, antiguo poema celta que narra así el primer mito edáfico (relativo a la tierra fecunda): “Soy la matriz de todos los bosques, la fogata de todas las colinas, la reina de todas las colmenas, la tumba de todas las esperanzas”.

Categoría: Expertos invitados, La opinión de los expertos

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