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Jul

El té, elixir de vida

Luz Marina Vélez Jiménez.

lm.velez2@gmail.com

“El té es el resultado del azar y la cultura. La resultante del matrimonio entre lo aleatorio y la codificación ritual.”

Michel Onfray.

puente jardin japonés

En el panteón de las flores y las hojas que liberan el cuerpo de las pesadeces de lo cotidiano, el té tiene un sito especial; el jardín en el que crece es un templo, el cuidado que le consagran es una obra estética y el sorber que concede, reaviva. Las mitologías asociadas a su consumo cuentan que es un brebaje usado por los dioses para aliviar sus dolores y por los hombres para animar el cuerpo y el alma. En las magias de la decocción y la infusión, el té libera al cuerpo del adormecimiento y la fatiga, de las tensiones entre el alma y la carne.

El “brebaje de la inmortalidad” es asociado en China a la imagen poética del emperador Chen Nung contemplando el atardecer desde su jardín, mientras una hoja de Camellias inensis desciende, con gracia, hacia su taza de agua hirviente, produciendo el milagro de una delicada infusión. Otra de las historias del origen del té cuenta cómo Dharma, el príncipe indio que enseñó el budismo Zen, tras largos años de ascesis se quedó dormido y, al despertar, encolerizado por su debilidad, se cortó los párpados, para nunca más ceder al sueño. Los sepultó y continuó su camino. Tiempo después advirtió que en ese mismo lugar había crecido un arbusto cuyas hojas tenían forma de párpados; masticándolas descubrió en ellas el poder de los ojos abiertos, la alegría y el vigor.

A estos descubrimientos “naturalizantes”, azarosos o fabulosos,  les sucede un especial proceso de codificación simbólica que nomina, sistematiza y ritualiza los jardines, las cosechas y las ceremonias de consumo del té que, ligero o espeso; blanco, verde, rojo, azul o negro; en polvo, pastilla, espuma o infusión; y asociado al incienso, la cerámica, las flores, la caligrafía, los kimonos o los suisekis (piedras que recuerdan el paisaje), entre otros, actúa como el corolario para refinar las maneras, mejorar las relaciones, armonizar y hacer la vida cotidiana más agradable.  El ritual de la infusión del té es un ejercicio espiritual altamente simbólico, es la vía de acceso a la sabiduría Zen; expresa la intimidad de una civilización; engendra el teísmo: un ligar simbólico y real, una solicitud de lo superior, una forma de estetización de la existencia.

Asistimos a una época de consumos masivos y desacralizados que desconoce la importancia histórica del metal de una tetera, de la madera del carbón, del barro de la cerámica, de la magia del fuego y de la vitalidad del agua; una época que se extraña con la insipidez del té —en términos de Lao-Tse, que teme a ser sabia, a saborear el no-sabor—.

 

Categoría: Bebidas, Expertos invitados, La opinión de los expertos

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