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28
May

Fueron felices y comieron perdices…

Luz Marina Vélez Jiménez

“Para el pequeño que intenta comprender

el mundo, es más que razonable

esperar respuestas de aquellos objetos

que excitan su curiosidad”

Bettelheim

 

Fábulas

A manera de juego, y a través de historias protagonizadas por animales y objetos que hablan, las fábulas (figuras literarias que se remontan al siglo VI a.C.) simplifican las tramas complejas de la vida, transmiten sentidos evidentes y ocultos, están escritas para niños y dirigidas, simultáneamente, a todos los niveles de la personalidad humana, sirven para estructurar y canalizar la vida; al estar coronadas por una moraleja ―principio, máxima, consejo― tienen una intención didáctica de carácter moral universal.

Las fábulas hacen parte de los relatos a partir de los cuales un niño aprende a leer; este confía en lo que aquellas le cuentan. Sin importar si comprende o no los significados de las moralejas, el niño integra a su imaginario las virtudes y los vicios desde las figuras de la recompensa y del castigo.

La zorra y las uvas verdes, la gallina de los huevos de oro, el cazador y la perdiz, las moscas y la miel, el pescador y el pez, la zorra y el cuervo hambriento, la cigarra y la hormiga, la lechera, y el lobo, la cabra y la grulla, son algunas fábulas cuyas enseñanzas relacionadas con el comer ponen en la fantasía del niño imágenes del hambre, la gula, la avaricia, la ironía, la pereza, la voracidad, la ingratitud, la desconfianza y la vanidad, entre otras pasiones viscerales que hay que educar desde la boca para ponerse en el camino imperioso del final feliz: aquel del “vivieron felices y comieron perdices”, un ideal que regula la vida real.

Si la felicidad tiene historia, esta, según las fábulas nombradas, tiene que ver con el entusiasmo de la voluntad, la educación sentimental del estómago y la potencia imaginativa ante la penuria de la despensa. En esta misma línea, bien vale citar a Juan Luis Suárez cuando dice que la hartura del estómago nos hace benévolos y el apremio del hambre nos hace descender como especie.

En su invitación al ejercicio correcto de la vida, las fábulas hacen una tarea similar a la de la cocina, cuya raíz coquere define la maduración de un fruto. El niño ―”fruto inmaduro”― habita un mundo indiferenciado al cual, poco a poco, va saboreando y distinguiendo desde los preceptos culturales de la existencia; madura, se templa en las buenas maneras religiosas, sexuales, dietéticas y sociales; busca escapar a los altibajos o a la repetición de la sota, el caballo, el rey de la alimentación diaria y, finalmente, sorprendido, descubre que su naturaleza es educable, que no está en el mismo nivel de la comadreja que, a pesar de la retórica del gallo para que no se lo comiera, se lo devoró.

Categoría: Expertos invitados

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